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4 años de vida en Harlem, les cuento mi experiencia

 

Por Mariagrazia De Luca

deluca.marymary@gmail.com

Debo admitir que esta situación me vuelve loca, hace que me sienta confundida, me hace perder de vista quién soy, mi profunda identidad. Me siento juzgada por mi rostro. ¿Qué puede tener de anómalo mi rostro? Es un rostro blanco, digamos que tiende al blanco, “white”. Sin embargo, he visto caras más blancas, con la piel casi transparente. Disculpen el desahogo lectores de Mi Viaje a Nueva York, pero para ustedes que continuarán con la lectura, les aseguro que podrán comprender. Se pondrán en mis zapatos, y dirán: “Wow, qué experiencia tan increíble ser una italiana en Nueva York… ¡una italiana en Harlem!”

Llegue a mi casa hace algunas noches, eran cerca de las 8:30 y como todas las noches cálidas de primavera, mis vecinos de casa, la familia Jackson, estaba disfrutando en la puerta del edificio. Habían organizado un verdadero banquete: alitas de pollo y papas fritas servidas en una gran bandeja de aluminio. La abuela, una señora de cabellos cortos muy blancos que ponen en relieve su tez oscura, estaba ahí como una estatua de Buda sin decir una palabra, mientras los hijos, dos hombres y una mujer sobre los cuarenta hacían bastante bulla.

Uno de los dos hijos, creo que se llama Donald, es siempre muy amable cuando me ve. Me saluda cuando lo encuentro en el ascensor. “Wassap, mam!”, y me abre la puerta del portón con galantería dándome la precedencia para entrar. En cambio el otro, un gran hombre de 200 kg, que siempre anda con un gorra de los Yankees, casi ni me dirige la palabra. Pareciera que le molesta cuando me lo encuentro y lo saludo, entonces dejé de hacerlo y me dirijo solamente a Donald. La hermana, una joven de langas trenzas negras saluda pero nunca sonríe. Cada vez que me la encuentro en el ascensor cae un silencio tenso, para bajar o subir cuatro pisos parece que se necesitaran dos horas. Una vez intenté al oprimir el botón, hablarle de alguna cosa, “It’s brick cold today!”, pero ni la estratagema del clima salvó la situación: simplemente me vio feo. Ahora he decidido tomar las escaleras cuando veo que está cerca.

Luego, también hay cuatro o cinco niños, entre 5 y 10 años, que hacen parte de la familia Jackson. No son muy bullosos, pero para que la abuela les abra, patean la puerta. “Open the door, open that *** door!” es el estilo de Donald, cuando debe pedirle a su madre que le abra la puerta para entrar en casa.

Bien, anoche, llegué a casa mientras toda la familia Jackson estaba disfrutando de las alitas de pollo y las papas fritas afuera en la puerta. Hice un guiño de saludo a Donald, el único de todos los miembros de la familia que no es impenetrable, cuando el hermano, sosteniendo una ala de pollo cubierta de Barbecue sauce, me pregunta: “Wanna some?” Yo, sorprendida, respondí: “No, thanks!”. Y esbocé una sonrisa, que más bien enmascaraba el desagrado más que la gratitud por la oferta inesperada. Él, torciendo los labios y viéndome directamente a los ojos, me dice con un tono sorprendentemente serio: “We, black people, eat meat!”. Mi cerebro requirió algunos segundos para comprender el sonido de las palabras y el significado y el toque de sarcasmo que estaba detrás de su oferta. Por instinto, le contesté “I love meat too!”, pero con un tono de voz poco incisivo. Inmediatamente me di cuenta que no fui convincente, de hecho tampoco me convencí a mí misma.

Para mis vecinos de casa, yo soy la “white girl”, la blanca, no hay nada qué hacer. Italiana o argentina, rusa, mexicana o de Sudáfrica, poco cambia: soy la “white girl”, la blanca. Black people eat meat. ¿Qué quiere decir? Yo como carne, y vaya si como. ¿Qué sería de mi vida sin el prosciutto de Parma? ¿Acaso tengo cara de vegetariana? Para nada. Sólo tengo una cara blanca.

Pero no termina aquí. Sería muy bueno que terminara aquí. Si fuera sólo la “blanca”, mi personalidad sería simplemente bipolar. Pero no es así. Soy también María, la “latina, María “la europea”, María “la gringa” y de vez en cuando también María “la italiana”. ¡Cuántas Marías! Según el interlocutor, también mi identidad cambia. Y en este sentido, el idioma hablado por el interlocutor es un factor determinante.

Marisa, la peluquera dominicana que tiene su tienda justo debajo de mi casa, siempre se dirige a mí en español. “¿Cómo estás, mami?”. Esto me hace sentir en casa. Me pregunta si quiero el cabello “liso” o “rizado”. Justamente lo opuesto de lo que me sucede cada vez que entro en la terrible tienda de T-mobile en la 143rd Street. Ahí trabaja una muchacha con las uñas largas y pintadas, que cada vez que le digo “Hola”, ella me responde “Hi!” con una mueca en la cara. Le hablo en español y me responde en inglés. ¿Qué se cree? ¿Que le estoy robando su idioma? Parece que se pusiera celosa porque yo hablo su idioma. El hecho de que me responda en inglés lo siento como una forma de exclusión, sobre todo cuando luego se dirige al otro trabajador en español, y luego conmigo otra vez en inglés. Por esta razón prefiero no ir a T-Mobile cuando está ella, mejor tomo el metro y voy a downtown, a otra tienda de telefonía.

Para Max en cambio, mi profesor de inglés que es originario de Connecticut, siempre he sido María la italiana, pero en una acepción más amplia. María la italiana-latina. Él es norteamericano, con lejana descendencia irlandesa y alemana. De vez en cuando me dice alguna palabra en español, porque parece que para él, el italiano y el español son exactamente la misma cosa. “¿Cómo estás, María?”. Me ve como un personaje exótico, y a menudo me pregunta si sé cocinar.

En muchas ocasiones me ha sucedido que me consideran como María “la europea”, como si el atributo “europeo” fuera una categoría general donde ingleses, franceses, alemanes, italianos y también rusos, se mezclaran y al final fueran exactamente la misma cosa.

Sin embargo, en esta confusión de identidad en la que me siento señalada como una inmigrada italiana en el corazón de Harlem, me sucede que experimento una espiral de orgullo nacionalista cuando alguien, al reconocer mi acento “exótico” me pregunta, “Where are you from?”. Si durante la visita que hice a Londres, recuerdo que un artista callejero me dijo: “¿Eres italiana? ¡Ah, Italia, Italia! ¡Pizza, mafia y mandolina!, en Nueva York en cambio ser italiano es “cool”, es genial. Muchos norteamericanos abren los ojos al maravillarse cuando les respondo: “I am from Italy” y muchas veces hacen referencia a grandes nombres italianos: “¡Michelangelo, Toscana, Chianti, historia romana, helado! ¡Fuente de Trevi, Bernini, Borromini, Sicilia, food, food, food, amazing food!”

De todas maneras, la confusión siempre está presente. ¿Cómo negar que soy italiana si está escrito en mi pasaporte? Sin embargo, después de cuatro años aquí en Nueva York, soy también neoyorquina. Sí. María “la italo-neoyorquina”, también la “romana-neoyorquina”. ¿Por qué encerrar nuestra identidad en una jaula? Al final, somos lo que decidimos ser. Y yo siento que esta ciudad es parte de mí. Siento que es, de alguna manera, una casa.

Y luego está el planeta Tierra, la gran casa común. Pienso que es triste que haya fronteras, barreras, leyes que no les permitan a las personas viajar libremente y escoger la tierra donde pueden sentirse en “casa”. No todos obtienen la visa fácilmente para venir a visitar Nueva York. Y pocos, poquísimos, tienen el privilegio de poder escogerla como “casa”.



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