0

¿Por qué no tenemos miedo?

¿Por qué no tenemos miedo? Me lo pregunté ayer por la mañana. Me lo pregunté esta vez como lo hice la última vez que sucedió. Ni siquiera puedo darle una respuesta verdadera a esta pregunta, si no es con la sensación de que de un modo u otro tenemos confianza en los días venideros. Y creo que todos los neoyorquinos comparten este mismo optimismo.

El del 2001 fue un desastre que podría haber cambiado el destino de Nueva York para siempre. Pero no lo hizo. Nueva York no fue aniquilada. Si la ves ahora, por el contrario, esta metrópoli de luces de neón te hace suspirar aún más: con su frenesí, sus calles en perenne construcción, sus rascacielos, sus obras de arte, su gente.

Si la ves de cerca es el mosaico de los miles de vidas que la forman y la hacen viva. Y entonces, no puedes hacer más que dar el mismo juicio que dio sobre ella Le Corbusier: “¡Qué catástrofe! Pero qué maravillosa catástrofe.” Quienquiera que haya intentado vivir aquí, sabe cómo es el caos absoluto en una metrópoli como ésta.

No podemos preocuparnos demasiado por los ataques terroristas, por la razón más sencilla del mundo: tenemos otras cosas en qué pensar. Por supuesto que estamos atentos, si vemos algo lo decimos (If you see something, say something) pero cambiar nuestras vidas, nuestras trayectorias, nuestros hábitos para dejarnos abrumar por el miedo. Esto nunca.

Ninguna lógica del odio podrá vivir en una ciudad que tiene en su ADN la acogida y el deseo de dar una posibilidad de vida a cualquiera. No tenemos miedo porque realmente tenemos otras cosas qué hacer y confiamos en el sentido colectivo de guardarnos las espaldas mutuamente, de defendernos unos a los otros. Y, por lo tanto, el único mensaje que podemos dar a quien desea aterrorizarnos es que nada, nada cambiará absolutamente lo que somos y cómo vivimos. Punto.

 



Publicación más antigua Publicación más reciente


Dejar un comentario