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Novela sobre Nueva York, la vida, el amor, el inicio del viaje

EN EQUILIBRIO SOBRE EL FIN DEL MUNDO

por Piero Armenti

 

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No dejes que el viento te detenga. Mantén el equilibrio. Me lo repito continuamente, paso a paso. Estoy en medio de una tormenta de nieve en la mitad del puente de Brooklyn. Debo llegar a Manhattan, debo atravesar todo este puente. La nieve cubre mis ojos y mis manos están heladas. Los guantes no sirven de nada. Pero qué fascinación poder verlo así: vacío, helado. No hay un solo turista. En realidad nadie en su sano juicio lo atravesaría con este clima. Pero por otra parte, ¿es que hay alguien en su sano juicio en Nueva York? Lo habían anunciado en la televisión: quédense en casa en este día frío. Pero yo no presté atención y fui a Dumbo para tomarme un café caliente. En plena mitad de febrero. Lo sé, soy un estúpido. Podría haberme quedado cerca del agujero donde vivo, en el Lower East Side. Ni siquiera las luces de los rascacielos de Wall Street sirven para guiarte. Visibilidad cero. Me pregunto, ¿estaré caminando en la dirección correcta? ¿Y si me distraje por un instante? ¿Y si me estoy devolviendo? Luego, alcanzo a divisar alguna cosa, el perfil tibio de los rascacielos y entiendo que están al final. Todavía es de día. Ya casi llego, lo logré. No fue mi culpa, la tormenta llegó antes de lo previsto. Y me parece que es más fuerte de lo que me había imaginado. Ahora es necesario ponerse a salvo. Estoy sobre un puente caminando hacia la nada. Esa es la sensación. Debajo de mí está el vacío, el agua helada del East River. No sé si alguna vez ustedes han visto este puente así. Pero en su soledad, multiplica el encanto. De improviso, escucho un ruido de pasos. Alguien se acerca en dirección opuesta. Me digo: “no puede ser, quién está tan loco como para atravesar el puente ahora que el clima está empeorando.” Y ahora se encuentra frente a mí. El rostro completamente cubierto con una bufanda, un sombrero, una minifalda y zapatos altos. Casi no puedo ver, pero alcanzo a percibir el perfume. De pronto se detiene. No alcanzo ni siquiera a ver sus ojos. Yo también me detengo. “¿Falta mucho para llegar a Brooklyn?” me pregunta. “Debes atravesar todo el puente. Es mejor que regreses.” “No puedo, debo llegar al otro lado.” “Sí, pero va a empeorar.” La chica no me escuchó y continuó corriendo. “¡Espera! ¡Va a empeorar!” grito sólo por obligación. En el fondo, me importa un bledo. Debo salvar mi pellejo, es lo único que vale. Pero justo cuando iba a darme la vuelta para irme, ella se para de improviso. “¿Tú ya llegaste?” “Sí, ya casi.” “Si ya llegaste, ¿me prestas tus guantes?” ¡Qué locura!, pienso. Me he encontrado con una persona loca, justo en este día. Sólo eso me faltaba. “Are you crazy?” “Simplemente debo llegar al otro lado. Préstame tus guantes.” Con seguridad no tenía miedo de pedir cosas extrañas. No sé por qué, pero me los quito. Adiós guantes, me digo. “Thank you. Te los devolveré.”, grita. Me voy sin siquiera voltearme, sin decir una palabra. “Te los devolveré” grita ahora con más fuerza. Guantes de mala calidad, nada de qué preocuparme. Ya desde este medio agujero de ratones que encontré en el Lower East Side, con el café en la mano, sigo pensando que una chica que atraviesa el puente de Brooklyn en esas condiciones está realmente loca. ¿Lo habrá logrado realmente?

 

                                           2

“No hay final feliz para esta historia. Puro trabajar, trabajar.” Me repite Diego, mi colega mexicano. Bienvenidos a mi sueño americano. Llegué con una visa de 3 meses y me quedé más de lo debido. Y me convertí en inmigrante ilegal, uno de tantos. Uno de los 500 mil en esta metrópoli. “Nadie tiene papeles” me repite obsesivamente Diego. Ninguno tiene documentos y nos consolamos mutuamente porque en realidad somos muchos aquí en Nueva York. Pero a él le fue peor que a mí. Yo, al menos llegué en un avión, tengo una visa. Puedo casarme y puedo estar legalmente. Suficiente con tener un buen abogado y en seis meses estoy legal. Él no. Él pasó la frontera sin permiso, lo hizo utilizando un coyote. ¿Saben qué es un coyote? Un tipo poco confiable al que le pagas porque sabe dónde y cómo pasar la frontera. Así te vende el sueño americano. No salió como se lo esperaba, le robaron los 2000 dólares que tenía y que había reunido entre todos sus parientes. Lo golpearon, lo amenazaron y lo sacudieron todos los días. Sintió temor de todos, sobre todo de los policías fronterizos, hasta que llegó con su primo a Nueva York. Ciudad segura si eres indocumentado. Atravesó el desierto de Sonora. Se necesitan al menos 4 días de camino para atravesar el desierto. Un infierno, no quiere hablar de eso. El pasado no existe. Él es más ilegal que yo. Me llama “el privilegiado”. A sus ojos soy un pequeño burgués que si quiere, puede regresar a casa de papá y mamá. Me molesta sin problemas: “Eres un ciudadano europeo y ¿vienes a pasar hambre aquí?” En realidad no paso hambre, gano bien. Hago uno de los trabajos de mejor rango de la Gran Manzana. El bus boy. Una especie de asistente de mesero que no toma órdenes, sino que sirve agua y limpia las mesas. Él también hace este trabajo, pero gana más que yo. La razón nunca la he comprendido. Pero los mexicanos controlan todo en este restaurante y el gerente no se mete con ellos. Ellos deciden quién y cuánto se gana. Soy un bus boy, graduado e indocumentado. Diego se ríe. ¡Los graduados deberían sentarse a la mesa y no limpiarla! En resumen, soy un neoyorquino auténtico, con una vida extraña. Los mexicanos controlan las cocinas de media Nueva York. Controlan todo el tráfico de documentos falsos, Social Security y Green Card que sirven para trabajar. A ninguno le importa, las autoridades no revisan, porque si ellos no trabajan aquí no se come. “El gringo se puede morir de hambre, pero no cocina.” Los mexicanos sólo tienen una obsesión: la Virgen, la Virgen de Guadalupe, me repite. Y me dice que algún día me llevará a su iglesia que queda cerca de Union Square. La Virgen manda, observa y les perdona los infinitos pecados que cometen. Me llama Espagueti. Dice que si alguien le cae mal, le escupe con gusto en su plato. Pero no lo haría nunca de verdad, porque la virgen lo mira. Lo mira, lo observa, lo juzga. Es una jornada slow. Lenta. No hay propinas. La tormenta de nieve pasó hace tres meses y yo sigo con mi vida común y corriente. Trabajo 6 días a la semana, logro llevar a casa entre 600 y 800 dólares a la semana. En el fondo no está mal. En Italia no ganaba nada. ¡Y con el dinero en mano aquí puedo disfrutar la vida! Mientras limpio la enésima mesa, ¡los veo! ¿Son los míos o no son los míos? Me acerco, los observo. Están sobre la mesa. Con el rabillo del ojo veo que una chica se ha ido al baño. Los toco, pero lo hago rápidamente porque no querría que regresara y me viera con sus guantes en la mano. Pero un momento. No son suyos, son míos. Son realmente mis guantes. La mancha de café. Tienen la mancha de café. Distraído olvido llevar el pan a la mesa y lo llevo a todas partes. Me quedo inmóvil mirando el baño. “Qué pasa hermano” repite diego. “¿Qué pasa?” No respondo. ¡Simplemente estoy esperando que salga!



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