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Estás en Nueva York. Y estás aquí de verdad.

Te han contado miles de veces este inmenso sueño. Sin pensarlo te encuentras en Nueva York. Estás al inicio del mundo pero al mismo tiempo te encuentras en el fin del mundo. Ya te habían explicado esta energía. Todos habían intentado contarte de qué se trataba. Pero no te imaginabas que fuera así. Así se real. Contagiosa. De repente sientes necesidad de hacer algo, de no dejar pasar nada, de lanzarte sin paracaídas por sus calles. Estás en Nueva York y estás dentro de ella. Y tu perfil entre las luces de Manhattan cuenta la única cosa que quieres gritarle al mundo. Finalmente estoy aquí.

¿Cómo explicar la locura del mareo que causa? Sólo se puede explicar como el deseo de hacer cosas extraordinarias, característica auténtica de cada neoyorquino. Estás sobre el techo de un rascacielos. Detrás de ti está la grandeza del Empire State Building. Y no alcanzas a imaginarte que en los años 30 este rascacielos fue terminado en un poco más de un año. ¡Y sin embargo así fue! Fue hecho con la velocidad con la que se vive la vida aquí. Sin pararse mucho tiempo a pensar.

Pero ¿de qué sirve pensar tanto? Que cada vida contiene tanto miseria como belleza. Mejor no mirar hacia atrás. Mirar hacia adelante. En efecto, hacia lo alto. Porque esta metrópoli se graba en la memoria poniendo los ojos en todas direcciones, como emborrachado de algo que ni siquiera sabes explicar. Sin embargo, existe algo que te aprisiona y te intoxica. Como la impresión cinematográfica extrema de las escaleras de incendio.

Estoy aquí para quedarme. ¡Eso pensé la primera vez que llegué! Estoy aquí porque debo cambiar mi destino de vencido, de víctima, de penúltimo. Debo vencer. Porque la vida es una y una vida no puede desperdiciarse. Me lo repetí miles de veces frente al espejo. Y luego en la espera del cambio decisivo, el verdadero, llené mi paladar de hamburguesas y papas fritas. Sí, a veces me envenené. Pero estaba feliz.

Estaba feliz porque de repente y de la nada nació en mí el deseo de inventarme algo, de probar un camino hacia el futuro. De transformar en realidad algunos deseos un poco vagos. Me sentía feliz porque Nueva York -como les sucede a todos- me había iluminado. Y esa luz fue fabulosa. Pero antes de conquistar Estados Unidos, debes entenderlo. Lo hice en el Whitney Museum donde las pinturas estadounidenses me abrieron los ojos. Como ésta que me encanta de George Bellows, un boxeador lanzado fuera del ring de un puñetazo, pero fuerte, único, ganador. Y la multitud de espectadores que lo aclaman. La cultura de la victoria y de la derrota, nunca la del ser mediocre.

 

Puedo tener miles de fotos de este gran viaje hacia Nueva York. Pero ninguna puede describir la emoción que cada vez, de nuevo experimento cuando tengo al Flatiron frente a mis ojos. El edificio con forma de plancha. El primer rascacielos de Nueva York, construido en 1902. Algunos años antes de que naciera mi abuelo. Es la gran belleza, amigos míos.

Luego, se hace necesario celebrar la vida. Es necesario celebrarla y verla como la mira un niño. Sin preocuparse tanto de un futuro que ahora es lejano, sino que vive la magia de sus días. Lo pienso a menudo, también cuando me encuentro frente a una deliciosa langosta. Estoy listo para esta gran aventura culinaria. Viva la vida. Punto.

La fuerza del toro de Wall Street.  En el corazón bajo de Manhattan, de noche, emerge el silencio de sus rascacielos. Aquí inició todo. Aquí estaba el muro que debía defender a los holandeses de los ingleses y de las poblaciones autóctonas. Manhattan era simplemente un pueblo. Todo estaba aquí. No había nada más. Luego inició la bolsa y se desarrolló el gran sueño. Nueva York es así. Ciudad mercantil. Ciudad de negocios. ¡Ciudad de grandes sueños!



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